Introspección, esa es la clave de mí desesperanzada conciencia. Es la desesperación de no hallar jamás la luz al final del corredor, una caminata sin fin por los interminables pasillos de mí conciencia, mis sueños, en medio de mí contaminado submundo está la reacción fugaz del pensar en cosas que ya no existen más.
Todo aquello fue como un sueño, de esos sueños que tu sabes que sucedieron pero no recuerdas absolutamente nada, no hay imágenes claras, rostros retorcidos por el alcohol, figuras amorfas, como un par de amebas intentando comerse entre ellas, llenos de roces existenciales, en aquel waltz de la vida eterna. Aun así sigues apareciendo reiteradamente, porque al final todos hemos cambiado, menos tu, tu imagen sigue intacta, siempre has sido igual, intachable, desordenado, confuso y sobre todo poseedor de poca cordura, insuficiencia que atrae como aquel señuelo a un pez. Aun así sigues acercándote en mis sueños, con aquel rostro mitológico, a veces de piedra, otras veces de viento o agua, respirando latente al universo, me miras a mis ojos dormidos y confundidos y con tu boca te comes mi alma desteñida. Yo me dejo, porque no hay una sola razón en este mundo para no dejar que un evento así destruya lo poco y nada de vida y emoción que me queda. Devoras mi existencia y me haces volver a la realidad, con un nudo en la garganta, con una herida que jamás cicatrizo, porque siempre falto comunicación, pero aun así al final siempre hubo esa estela invisible que mantuvo nuestros ojos sintonizados, uniendo cada palabra de nuestros subconscientes en una ilógica cadena.
Realmente significaste mucho.






